Este Domingo 5 de Cuaresma A nos sitúa en la mitad del camino cuaresmal, un tiempo privilegiado de conversión, oración y apertura a la gracia pascual. La Iglesia nos invita a mirar nuestra vida con honestidad y a dejar que el Espíritu de Dios nos regenere. Las lecturas nos conducen desde la esperanza de la resurrección anunciada para el pueblo de Israel hasta la vida nueva en Cristo y la acción del Espíritu que vivifica. En Ez 37,12-14 Dios promete abrir las sepulturas y devolver la vida a su pueblo; en Rom 8,8-11 se nos recuerda que la vida auténtica es la del Espíritu; y en Jn 11,1-45 vemos a Jesús llorar y luego llamar a Lázaro a la vida, señal de su poder sobre la muerte. Que este domingo fortalezca nuestra fe y nos impulse a crecer en confianza, oración y caridad.
Primera Lectura
Referencia completa: Ez 37,12-14
Texto breve (Ez 37,10-14):
Así dice el Señor: Yo abriré vuestros sepulcros y os haré salir de vuestras sepulturas, pueblo mío, y os reconduciré a la tierra de Israel. Y sabréis que yo soy el Señor cuando abra vuestros sepulcros y os saque de ellos. Daré mi aliento en vosotros y viviréis, y os colocaré en vuestra tierra. Entonces sabréis que yo soy el Señor, que hablo y cumplo mis promesas.
Explicación (aprox. 150 palabras):
La visión de los huesos secos revela la realidad de un pueblo que se siente sin esperanza, desarraigado y sin futuro. Pero el texto no se queda en la constatación de la sequedad; Dios interviene para insuflar vida y devolver a su pueblo la identidad y la tierra prometida. El gesto de abrir sepulcros es signo de una renovación radical: no es simple restauración política, sino una obra del Espíritu que da vida. En la liturgia cuaresmal, este pasaje invita a reconocer nuestras propias zonas de muerte interior: fracaso, resentimiento, desaliento. Dios no abandona, sino que provoca el despertar de la fe. El anuncio de un nuevo aliento y de una reubicación en la tierra de Israel apunta hacia una resurrección que antecede a la plena revelación de Cristo y a la experiencia de la Iglesia: vivir ya como mujeres y hombres de la fe, llamados a sostenerse por la fuerza del Espíritu.
Salmo Responsorial
Antífona: Señor, escucha mi voz; esté atento a la voz de mi súplica.
Salmo 129 (130): De profundis
Antífona: Señor, escucha mi voz; esté atento a la voz de mi súplica.
Desde las profundidades clamo a ti, Señor; Señor, escucha mi voz. Que estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica. Si llevas cuentas de las faltas, ¿quién podría sostenerse? Pero en ti hay perdón, Señor; por eso te temo. Espero al Señor, mi alma espera, y confío en su palabra. Mi alma aguarda al Señor más que la vigilia a la aurora. Israel espera en el Señor, porque en el Señor hay misericordia; en él hay redención plena. Él redimirá a Israel de todas sus iniquidades.
Reflexión breve: En tiempos de prueba, la oración humilde que nace de la desesperación puede convertirse en la puerta para descubrir la misericordia de Dios. Este salmo nos invita a sostener la mirada en la misericordia divina, que no falla, y a renovar la esperanza de la salvación que Dios ofrece siempre, incluso cuando todo parece perdido. La Cuaresma es ocasión de dejar que el perdón y la gracia de Dios renueven nuestro corazón y lo preparen para la plenitud de la Pascua.
Segunda Lectura
Referencia: Rom 8,8-11
Texto (paráfrasis):
Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo. Si Cristo está en vosotros, el cuerpo, sujeto al pecado, está muerto, pero el espíritu vive por la justicia. El mismo Espíritu que resucitó a Jesús entre vosotros habita en ustedes, y el que resucitó a Cristo de entre los muertos dará vida también a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en ustedes.
Explicación (aprox. 150 palabras):
Este pasaje subraya la identidad cristiana: no se trata simplemente de seguir normas, sino de vivir habitados por el Espíritu. La presencia del Espíritu en los creyentes es la garantía de la vida nueva, incluso cuando el cuerpo sufre la fragilidad del pecado. En la gracia de la Pascua, la vida no depende de las meras capacidades humanas, sino de la acción de Dios que da vida. El texto invita a una confianza radical: si el Espíritu de Cristo habita en nosotros, entonces la vida que viene de Dios vence la corrupción y da sentido a nuestra existencia, incluso en la prueba. En la Cuaresma, esta lectura nos anima a pedir al Espíritu que renueve nuestra mente y nuestro corazón, para que nuestro comportamiento refleje la vida de Cristo y la esperanza de la resurrección se haga presente en nuestro día a día.
Evangelio del Domingo
Referencia: Jn 11,1-45
Texto (paráfrasis extensa del Evangelio):
Había un hombre llamado Lázaro, de Betania, la aldea de María y Marta, que era amigo de Jesús. Sus hermanas enviaron a decir que su amigo estaba enfermo. Al oírlo, Jesús dijo que esta enfermedad no era para la muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios fuera glorificado por medio de ella. Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Después de oír que estaba enfermo, permaneció allí dos días más. Luego dijo a sus discípulos: Vayamos a Judea otra vez. Los discípulos se sorprendieron, pues allí querían apedrearlo. Jesús les dijo que hay doce horas de luz en el día y que quien camina durante el día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero quien camina de noche tropieza, pues no hay luz en él. Luego habló de la muerte de su amigo y de que iría para despertarlo. Tomás dijo a los otros discípulos que mejor sería ir para morir con él. Cuando llegó a Betania, Lázaro ya llevaba cuatro días en el sepulcro. Marta salió a recibirlo y le dijo que si estuviera allí, su hermano no habría muerto; Jesús le aseguró que su hermano resucitaría. Marta respondió que en la resurrección del último día ya se vería. Jesús proclamó: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá; y el que vive y cree en mí no morirá para siempre. Marta lo respondió con fe: sí, Señor, creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios. Jesús se conmovió y, a pesar de la multitud, llegó al sepulcro. Pidió que retiraran la piedra; Marta dudó por el hedor, pero Jesús afirmó que si creían verían la gloria de Dios. Entonces oró y dio gracias al Padre, y, con una fuerte voz, llamó a Lázaro: ven fuera. El que había muerto salió envuelto en vendas; Jesús ordenó a los presentes que lo desataran. Muchos de los que habían ido a consolar a María creyeron en Jesús al ver lo que hizo.
Exégesis (aprox. 200 palabras):
El relato de la resurrección de Lázaro en Juan 11 es un signo teológico central: revela la identidad de Jesús como fuente de vida y anticipa su propia muerte y resurrección. El llanto de Jesús ante la muerte de Lázaro expresa su compasión divina y su cercanía ante el dolor humano. A la vez, la intervención de Jesús demuestra su autoridad frente a la muerte; al llamar a Lázaro por su nombre, revela el poder de su voz que resucita y provoca la fe de quienes lo rodean. En el contexto de la Cuaresma, este milagro invita a pasar de una fe centrada en la esperanza futura a una fe operante en el presente: creer que la vida de Cristo está ya presente entre nosotros, que el Espíritu da vida y que la gracia de Dios puede transformar incluso las situaciones más desesperadas. La reacción de la gente, que creyó, también muestra que la fe es tanto un don como una decisión que se toma ante la evidencia de la misericordia de Dios.
Conexión entre las lecturas
Las tres lecturas de este domingo articulan un mismo hilo: Dios está obrar para dar vida donde hay muerte, ya sea en el pueblo exiliado, en la carne que se resiste a la justicia, o en un amigo que yace en la tumba. Ez 37 anuncia la restauración nacional y espiritual por medio del aliento de Dios; Rom 8 afirma que la vida auténtica es la del Espíritu, que da vida a nuestros cuerpos mortales; y Jn 11 muestra a Cristo, que llama a vivir y que vence la muerte, fortaleciendo nuestra fe en el triunfo de la vida de Dios. En conjunto, invitan a abrirnos a la acción del Espíritu, a creer en la promesa de la resurrección y a vivir con esperanza activa.
Para llevar a la vida — Reflexión
- Orar pidiendo al Espíritu que revitalice aquello en nuestra vida que está espiritualmente muerta, ya sea una relación, un proyecto o la fe de cada día.
- Practicar la compasión concreta: llamar, visitar, acompañar a personas que se sienten desanimadas o aisladas, y ofrecer apoyo tangible.
- Acoger la Eucaristía con fe renovada para vivir como gente de resurrección, compartiendo la esperanza y la vida de Cristo con los demás.
Para la familia y la catequesis
- ¿Qué cosas de nuestra vida se sienten como huesos secos y qué gesto de fe puede traerles nueva vida hoy?
- ¿Cómo podemos acompañar a alguien que está llorando o desesperanzado para que experimente la cercanía de Cristo?
- ¿Qué hábitos cuaresmales podemos fortalecer en familia para crecer en fe, esperanza y caridad durante esta semana?

